viernes, 23 de diciembre de 2011

Japón, terremoto en el aire


            Había llegado a Japón, por segunda vez, en marzo. Mi embarque en el aeropuerto de Barcelona se había producido sin más contratiempos que la complicada selección de los bombones "duty free" con que quería obsequiar al máximo de personas que había conocido el año anterior. Sin embargo, mi llegada a Osaka me había deparado una gran sorpresa. Durante mi vuelo, en una prefectura a unos cuantos kilómetros al norte de Tokio, había tenido lugar el terremoto más grande que había sufrido el país en mucho tiempo.
   Pasaron varias horas hasta que entendí las razones por las cuales mi tren no iva a llegar hasta el pueblito de la zona costera al que me dirigía. Mi nivel del idioma, por aquel entonces, tan solo me había servido para comprender que había habido una alerta de tsunami. Por lo demás, todavía iba a poder ir a muchas clases de japonés, hasta que finalmente el efecto de esa gran ola llegara a la aldea en la que yo vivía. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Agua de piedra

"Isobe", Óleo sobre tabla, 24 x 19 cms. Albert Tarragó
Japón es una nación muy vinculada al océano; Por todas partes transpira alusiones a esa relación ancestral. Pero, sin duda, la evidencia más notable de su identidad marina es la que subyace en la forma de los tejados de sus casas.
No hace falta alejarse mucho del centro de las grandes ciudades para que las viviendas ya no se eleven a más de dos plantas de altura y cada una de ellas esté rematada por un tejado de tejas de cerámica azul o gris que asemeja la forma perfecta de una ola. Los detalles decorativos con forma de espuma de mar, salpicaduras de agua o animales marinos se repiten con un rigor generalizado. Así, el perfil de las poblaciones fácilmente recuerda la imagen de un mar encrespado. Pero ese constante homenaje a su horizonte marino va más allá de exhibirse como un mero capricho cultural. Hay algo más en esa imagen de olas de cerámica azul rompiendo contra las colinas, bosques y campos de arroz; algo inquietante que parece escrito en el paisaje como una advertencia llegada a nuestros días desde tiempos remotos. Algo intensamente vigente que nos recuerda que cada hogar, no solo no está a salvo del mar, si no que parece resignado a, algún día, formar parte de él.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Reductos de paz en Japón

 "Ugata", óleo sobre tabla, 33'3 x 24'2 cms. Albert Tarragó

   En Japón no hay moscas. Al menos yo no recuerdo haber visto ninguna en la prefectura de Mie. Los insectos que más abundan son las arañas. Cada día puedo ver centenares de sus telas esparcidas por todas partes esperando víctimas descuidadas. De igual manera, en todos los rincones de los lugares habitados, la publicidad de los negocios satura el paisaje japonés a la búsqueda de atrapar clientes como si se tratara de telas de araña. A veces, piensas que no hay existencia más allá de dejarte seducir por la llamada de sus vistosos colores. Hay pocos lugares, donde la vida no sea negocio. Los jardines de los templos sintoistas son uno de ellos. Un regalo para los sentidos que te conecta con las cosas más puras, sencillas y altruistas de la naturaleza humana.