viernes, 18 de noviembre de 2011

Agua de piedra

"Isobe", Óleo sobre tabla, 24 x 19 cms. Albert Tarragó
Japón es una nación muy vinculada al océano; Por todas partes transpira alusiones a esa relación ancestral. Pero, sin duda, la evidencia más notable de su identidad marina es la que subyace en la forma de los tejados de sus casas.
No hace falta alejarse mucho del centro de las grandes ciudades para que las viviendas ya no se eleven a más de dos plantas de altura y cada una de ellas esté rematada por un tejado de tejas de cerámica azul o gris que asemeja la forma perfecta de una ola. Los detalles decorativos con forma de espuma de mar, salpicaduras de agua o animales marinos se repiten con un rigor generalizado. Así, el perfil de las poblaciones fácilmente recuerda la imagen de un mar encrespado. Pero ese constante homenaje a su horizonte marino va más allá de exhibirse como un mero capricho cultural. Hay algo más en esa imagen de olas de cerámica azul rompiendo contra las colinas, bosques y campos de arroz; algo inquietante que parece escrito en el paisaje como una advertencia llegada a nuestros días desde tiempos remotos. Algo intensamente vigente que nos recuerda que cada hogar, no solo no está a salvo del mar, si no que parece resignado a, algún día, formar parte de él.